Cómo puede la Argentina volver a generar riqueza

Roberto Cortes Conde

El desafío de salir del distribucionismo

En medio de una crisis económica sin precedente por su intensidad y profundidad, la Argentina necesita regresar en forma urgente a la senda del crecimiento si quiere que su población recupere el terreno perdido en términos de calidad de vida. .

En medio de la angustia de las situaciones críticas y las acuciantes necesidades que requieren acciones asistenciales puede reaparecer, claro está, la tentación de creer que la solución pasa por distribuir lo que hay, más que por generar riquezas.

Buenas intenciones, malos resultados

Tras la Segunda Guerra Mundial, las políticas aplicadas no mejoraron la calidad de vida y perjudicaron a los más pobres

Las declaradas intenciones de promover una distribución más equitativa del ingreso han terminado, casi siempre en la Argentina, perjudicando a los más pobres. Esto volvió a ocurrir cuando se abandonó la convertibilidad, ya que con ello no se salió de la pobreza y la exclusión -como se había asegurado- sino que se produjo la caída más notable de los salarios reales que se conozca.

En el pasado no se propusieron políticas explícitas para mejorar la distribución del ingreso, aunque algunas como las de la generalización de la educación primaria gratuita hicieron mucho por ello. El proyecto de la Constitución consistió en promover el progreso del país dando garantías de libertad y respeto a la propiedad para que llegaran personas y capitales a trabajar estas tierras. Así se logró entre 1870 y 1914 un excepcional crecimiento a una tasa anual por habitante del 4%, lo que permitió mejorar las condiciones de vida de los trabajadores puesto que entre 1870 y 1914 los salarios reales de obreros no calificados sin antigüedad (que tomamos como un indicador de esas mejoras) aumentaron 1% por año, un 30% en todo el período, siendo mayor para las categorías con calificación y antigüedad. Durante la Primera Guerra, la economía sufrió caídas pronunciadas, recuperándose en los veinte y volviendo a caer durante la crisis de 1930 con un crecimiento entre 1934 y 1948 a un 3,4% por año.

Los salarios reales siguieron, en gran medida, la evolución de la economía. Entre 1920 y 1929, como resultado de la apreciación del peso, subieron un notable 6% por año.

Entre 1930 y 1935 durante la depresión tuvieron una caída nominal de -0,5% por año, aunque en términos reales, debido a la baja de precios de los alimentos, subieron un 1,3% anual. Ello fue posible por la transferencia de ingresos del sector rural que recibió un tipo de cambio menor.

Fue recién al finalizar la Segunda Guerra cuando se hizo explícito el propósito de mejorar la distribución del ingreso en favor de los trabajadores.

Al comienzo de la gestión de Perón hubo un aumento notable en los salarios reales, 6,8% por año de 1945 a 1950. Pero como fue muy poco sustentable ello se revirtió entre 1950 y 1953 cayendo un 7% por año.

Por otro lado se ha contabilizado en las remuneraciones al trabajo, las contribuciones a la seguridad social, lo que no fue así porque como los jubilados de hoy saben, el Estado se los apropió.

La economía desde la Segunda Guerra tuvo, a diferencia de las décadas anteriores, una evolución mucho menos favorable. Tras alcanzar un pico de crecimiento en 1948 sufrió períodos de alzas y bajas para llegar en 1963 con un crecimiento anual muy pequeño 0,6 % por año.

Los años de la declinación

Sólo desde 1963 hasta 1974 hubo un crecimiento significativo del 2,9% por año y luego, entre 1974 y 1990, fue decepcionantemente negativo (-1,9% por año). Fueron los años de la declinación argentina.

Los salarios reales pasaron años de aumentos y otros de caídas correspondientes a los ciclos de inflación-devaluación que se reiteraron, aunque nunca lograron una suba sostenida como la de fines del siglo XIX, principios del XX o la de los años 1920. Al final del siglo XX tras la mejora a principios de la década del 90 quedaron casi sin cambio entre 1994 y 2001 y cayeron fuertemente en 2002.

Para modificar la distribución del ingreso en favor de los sectores urbanos se usaron desde los años de Perón y en gobiernos posteriores mecanismos que incidieron negativamente sobre la productividad, entre otros la protección (que pagaron los consumidores) y los subsidios a empresas cuyos costos eran mayores que los precios de sus productos (los que financiaron los contribuyentes).

Como la productividad fue baja se buscó mantener los salarios reales elevados incidiendo -con el tipo de cambio- en los precios de los alimentos, lo que perjudicó a las exportaciones, las tarifas públicas con precios menores que sus costos marginales, lo que incidió en sus déficit y en los del Estado y los de los alquileres, afectando negativamente la inversión en construcción.

A la larga, una política de salarios reales elevados con baja productividad no era sostenible y condujo a la inflación, déficit fiscales y conflictos distributivos, crisis de balance de pagos, fuga de capitales, etcétera.

Aunque hay que contemplar la asistencia en situaciones de emergencia, sólo se puede repartir más si se es más productivo. Como es sabido las remuneraciones están asociadas a la capacitación, por lo que para mejorar la de los trabajadores en forma sostenible se requiere más educación que aumente la calidad del capital humano. Esto es lo que se propusieron los que, como Sarmiento, impulsaron la educación común y el progreso del país.

Por Roberto Cortes Conde

Para LA NACION 17/11/2002

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El autor es profesor emérito de la Universidad de San Andrés.

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Mañana: La dramática situación actual

.<< Comienzo de la notaEn medio de una crisis económica sin precedente por su intensidad y profundidad, la Argentina necesita regresar en forma urgente a la senda del crecimiento si quiere que su población recupere el terreno perdido en términos de calidad de vida.

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En medio de la angustia de las situaciones críticas y las acuciantes necesidades que requieren acciones asistenciales puede reaparecer, claro está, la tentación de creer que la solución pasa por distribuir lo que hay, más que por generar riquezas.

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Desde hoy, en tres ediciones consecutivas, LA NACION publica las opiniones de destacados especialistas quienes exponen las causas históricas que llevaron a esta situación, la problemática actual y la forma de enfrentar el futuro sin cometer los mismos errores.

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En la primera entrega, Roberto Cortes Conde, profesor emérito de la Universidad de San Andrés, describe los fracasos de las primeras políticas distribucionistas aplicadas en el país, mientras que el rector de la Universidad Torcuato Di Tella, Juan Pablo Nicolini, propone reformar y reforzar las instituciones y las políticas sociales.

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Buenas intenciones, malos resultados

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Tras la Segunda Guerra Mundial, las políticas aplicadas no mejoraron la calidad de vida y perjudicaron a los más pobres

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Las declaradas intenciones de promover una distribución más equitativa del ingreso han terminado, casi siempre en la Argentina, perjudicando a los más pobres. Esto volvió a ocurrir cuando se abandonó la convertibilidad, ya que con ello no se salió de la pobreza y la exclusión -como se había asegurado- sino que se produjo la caída más notable de los salarios reales que se conozca.

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En el pasado no se propusieron políticas explícitas para mejorar la distribución del ingreso, aunque algunas como las de la generalización de la educación primaria gratuita hicieron mucho por ello. El proyecto de la Constitución consistió en promover el progreso del país dando garantías de libertad y respeto a la propiedad para que llegaran personas y capitales a trabajar estas tierras. Así se logró entre 1870 y 1914 un excepcional crecimiento a una tasa anual por habitante del 4%, lo que permitió mejorar las condiciones de vida de los trabajadores puesto que entre 1870 y 1914 los salarios reales de obreros no calificados sin antigüedad (que tomamos como un indicador de esas mejoras) aumentaron 1% por año, un 30% en todo el período, siendo mayor para las categorías con calificación y antigüedad. Durante la Primera Guerra, la economía sufrió caídas pronunciadas, recuperándose en los veinte y volviendo a caer durante la crisis de 1930 con un crecimiento entre 1934 y 1948 a un 3,4% por año.

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Los salarios reales siguieron, en gran medida, la evolución de la economía. Entre 1920 y 1929, como resultado de la apreciación del peso, subieron un notable 6% por año.

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Entre 1930 y 1935 durante la depresión tuvieron una caída nominal de -0,5% por año, aunque en términos reales, debido a la baja de precios de los alimentos, subieron un 1,3% anual. Ello fue posible por la transferencia de ingresos del sector rural que recibió un tipo de cambio menor.

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Fue recién al finalizar la Segunda Guerra cuando se hizo explícito el propósito de mejorar la distribución del ingreso en favor de los trabajadores.

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Al comienzo de la gestión de Perón hubo un aumento notable en los salarios reales, 6,8% por año de 1945 a 1950. Pero como fue muy poco sustentable ello se revirtió entre 1950 y 1953 cayendo un 7% por año.

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Por otro lado se ha contabilizado en las remuneraciones al trabajo, las contribuciones a la seguridad social, lo que no fue así porque como los jubilados de hoy saben, el Estado se los apropió.

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La economía desde la Segunda Guerra tuvo, a diferencia de las décadas anteriores, una evolución mucho menos favorable. Tras alcanzar un pico de crecimiento en 1948 sufrió períodos de alzas y bajas para llegar en 1963 con un crecimiento anual muy pequeño 0,6 % por año.

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Los años de la declinación

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Sólo desde 1963 hasta 1974 hubo un crecimiento significativo del 2,9% por año y luego, entre 1974 y 1990, fue decepcionantemente negativo (-1,9% por año). Fueron los años de la declinación argentina.

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Los salarios reales pasaron años de aumentos y otros de caídas correspondientes a los ciclos de inflación-devaluación que se reiteraron, aunque nunca lograron una suba sostenida como la de fines del siglo XIX, principios del XX o la de los años 1920. Al final del siglo XX tras la mejora a principios de la década del 90 quedaron casi sin cambio entre 1994 y 2001 y cayeron fuertemente en 2002.

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Para modificar la distribución del ingreso en favor de los sectores urbanos se usaron desde los años de Perón y en gobiernos posteriores mecanismos que incidieron negativamente sobre la productividad, entre otros la protección (que pagaron los consumidores) y los subsidios a empresas cuyos costos eran mayores que los precios de sus productos (los que financiaron los contribuyentes).

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Como la productividad fue baja se buscó mantener los salarios reales elevados incidiendo -con el tipo de cambio- en los precios de los alimentos, lo que perjudicó a las exportaciones, las tarifas públicas con precios menores que sus costos marginales, lo que incidió en sus déficit y en los del Estado y los de los alquileres, afectando negativamente la inversión en construcción.

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A la larga, una política de salarios reales elevados con baja productividad no era sostenible y condujo a la inflación, déficit fiscales y conflictos distributivos, crisis de balance de pagos, fuga de capitales, etcétera.

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Aunque hay que contemplar la asistencia en situaciones de emergencia, sólo se puede repartir más si se es más productivo. Como es sabido las remuneraciones están asociadas a la capacitación, por lo que para mejorar la de los trabajadores en forma sostenible se requiere más educación que aumente la calidad del capital humano. Esto es lo que se propusieron los que, como Sarmiento, impulsaron la educación común y el progreso del país.

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Por Roberto Cortes Conde

Para LA NACION

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El autor es profesor emérito de la Universidad de San Andrés.