La mentira

Vivimos inmersos en la mentira.

Desde muy jóvenes hemos aprendido (no a través de una enseñanza explícita, sino de entorno, de así es pues todos lo hacen, a un doble mundo, coexistente, de verdad y mentira.

Es tan fuerte el mundo de la mentira cuando ella está incorporada a nuestra vida de acción cotidiana, que muchas veces uno debe contenerse ante un interlocutor que con toda naturalidad,  le describe actividades propias seguramente delictivas, aunque aceptadas “moralmente” dentro de su círculo de acción cotidiana. O escuchar a un familiar atacar duramente y con razón, un acto de corrupción desenmascarado por algún medio masivo de comunicación, ignorando su entorno cercano, en que observa conductas similares solo distinguibles por una cuestión de grado.

 

Esa suerte de dicotomía, o disociación de la realidad en dos espacios a los que se aplican escalas de valores diferentes, tan común entre nosotros. Uno virtual en el que se ubican las instituciones que se critican, incluidos sus dirigentes, conductores y componentes. Otro espacio cercano, que vivimos y actuamos, y con toda naturalidad y sin prejuicios,  quebrantamos normas  y no por ignorancia.

Es que nuestras costumbres, malas cos­tum­bres, revierten el proceso de culpa en nuestro accionar en las mismas instituciones que des­pedazamos, en general con razón. Administra­ción pública, policía, jueces, servicios públicos, gobernantes, legisladores, se encuentran en general en el espacio virtual de ataque, aunque personalmente pertenezcamos a alguna de dichas institu­cio­nes.

Sin embargo en el espacio cercano, no virtual, nuestros usos y costumbres, nos permiten un accionar cuestionable.

Sirvan varios ejemplos para clarificar los con­ceptos. Ninguno de ellos primicia, aunque los muy jóvenes no las hayan vivido, pero no están libres de volver a padecerlos.

Las transferencias telefónicas

En tiempo no lejanos de empresas estatales, monopólicas e ineficientes, en este caso la telefónica, debíamos sortear diversos inconvenientes derivados de la falta de líneas telefónicas. Las líneas se transferían mediante el pago de una llave: una operación entre particulares, en la que no participaba la empresa telefónica, pues la misma la  prohibía.

El mecanismo de transferencia particular era costoso y complejo además del pago que se efectuaba a la contraparte de entre unos pocos a varios miles de dólares. (En moneda de la época, quizás unas decenas de miles de australes o unos millones de pesos m.n.) Debía fraguarse un contrato donde la parte vendedora tomaba en alquiler parte del inmueble adonde iba des­ti­nado el teléfono. Con dicho convenio se solicitaba a la empresa telefónica el cambio de domicilio de la línea, pagándose una tasa. Transcurrido un lapso de varias semanas, y probablemente con la ayuda adicional de algún contacto, se producía el cambio físico. Otro documento entre las mismas partes cubría al comprador y vendedor de implicancias futuras, y proporcionaba elementos para el cambio de titularidad. Así quedaba concretado el pase de línea, la que quedaba por otro tiempo adicional, meses o años, sin cambio de titularidad. La eventual falta de pago de facturas no revertían sobre el titular legal, sino que simplemente se cortaba el servicio, situación bastante improbable y extrema, dada la demanda de líneas por escasez de la oferta. En ese caso asignación de la línea libre tampoco respetaba los miles de anotados en espera, sino que recaía sobre un favorecido político. Todas estas transacciones ilegales, se instrumentaban con contratos perfectamente analizados por abogados, ante escribanos, y si participaban personas jurídicas, con intervención de sus contadores, gerencia, directores.

Otra de la misma área de comunicaciones resulta interesante reseñar.

 

Las líneas directas

 

Aún hoy quedan vestigios de lo que fue una maraña de cableados que se entrecruzaban en el microcentro porteño, entre edificios, cruzando las calles, parcialmente ocultando el cielo: las líneas diectas. Estas líneas que instalaban en general los propios técnicos de la empresa telefónica, en horas libres o no tanto, cubrían fundamentalmente las necesidades de los mercados financieros. Los diversos operadores, entre los que se contaban los bancos, financieras, casas de cambio, corre­dores financieros, empresas de alta rotación de fondos diarios, exportadoras de cereales, cursaban sus opera­ciones a través de tableros a los que se conectaban las líneas directas; estas conexiones eran clan­destinas, pero necesarias para el desarrollo del mercado de tasas libres, cambios, bonos, futuros, y otros derivados no transados a través del Mercado de Valores (acciones, bonos), u otros mercados, en general de recinto común.

 

Este mercado, precursor del electrónico actual , era procesado a través de este sistema, clandestino pero a la vista. Pero lo que resulta oportuno des­ta­­car que bancos oficiales también estaban conectados, o accedían para información al sistema clandestino a través de puentes de corredores autorizados..  

Hasta aquí con el tema comunicaciones; pero permítase otro ejemplo del ambiente financiero, que empalma con el anterior.

Actividades financieras

Como se indicara en el párrafo anterior, diversos mercados financieros de alta rotación se manejaban a través de las referidas mesas. En bancos e instituciones de mayor movimiento, las mesas contaban con muchas posiciones, que ocupaban los operadores directos. La del Banco Nación era realmente impresionante. Restaba aclarar que un 80% o más de las operaciones que se procesaban a través de este mercado en determinadas épocas, eran clandestinas, o si prefiere el término, negras, o menos eufemísticamente, ilegales.

Por supuesto que la economía real pasaba en buena proporción a través de estos circuitos, en cada época con control de cambios, y control de tasas, que fueron décadas. Este mercado a los que los operadores de bancos oficiales asistían pero no operaban, implicaba la intervención de centenares de empleados, de las unidades financieras de las instituciones, no solo operadores; personal involucrado con el movimiento físico monetario y de valores, personal involucrado con el registro y conta­bilidad; personal de seguridad contratado particularmente; este circuito monetario no tributaba obviamente impuestos, si en cambio, como todo negocio ilegal diversos tipos de protección. El mercado era usado por todos, empresarios, funcionarios, dirigentes políticos, profesionales, (aunque ignoraran su forma de funcionamiento técnico), y en épocas de infla­ción  galopante, hasta la gente de muy bajos recursos pero informada y con acceso.

Los inspectores encargados de fiscalizar las operaciones, (la autoridad de control es el Banco Central) si bien conocían la existencia, como todos los ciudadanos me­dia­namente informados, se limitaba en especial a controlar las posiciones “blancas”, y a evitar que en su propia esfera de acción que se mezclaran las posiciones lícitas con las ilícitas. La generación de fondos negros provenía de otros sectores de la economía.

Esa dualidad legal - ilegal, prohibido pero necesario, resultaba más tristemente cómica, en casos en que las cotizaciones de divisas sufrían ascensos importantes en tal mercado paralelo. En ocasiones, los máximos ejecutivos de instituciones financieras relacionadas con estas operaciones eran citados por la Presidencia del Banco Central a intercambiar ideas, sobre causas y como tranquilizar el mercado (el ilegal). En otras eran chivos expiatorios y se lanzaban redadas policiales; estas afectaban solo la periferia del sistema, los famosos arbolitos, que eran como el canal minorista de menudeo, parecido a los actuales puestos callejeros de venta de contrabando. Los banqueros estaban protegidos. O preavisados.

Otro aspecto de la dualidad, en el ambiente financiero, en la cornisa de los buenos y los malos.

Los buenos eran (éramos) los que operaban en el mercado ilegal, pero en forma absolutamente confiable. Pues siempre hubo defaults de intermediarios, y operadores jugadores en mercados de futuro a crédito que provocaron graves pérdidas en los operadores.

Los malos eran los que usaban los mismos canales para mover fondos de actividades totalmente incompatibles o repudiadas, más allá de la ilegalidad de letra muerta del sistema; terroristas, guerrilleros, estafadores, secuestradores, narcotraficantes y layas semejantes. Actualmente integrarían la lista, los operadores de grandes negocios públicos, y organizaciones involucradas en el lavado de dinero (o quizás no).

La mentira en la que seguimos inmersos, se fue infiltrando en tantos aspectos de nuestra sociedad, que terminó desbordando la relación persona - estado, finanzas -  economía, para invadir actividades de padres e hijos, en medios insospechados, sin afán de lucro.

Deporte padres e hijos

Veraneando en una pequeña ciudad atlántica, cercana a Mar del Plata, considerada por muchos padres de familias de niños y adolescentes, como ideal para la supervisión a distancia de los mismos, menos expuesta que otros lugares más conspicuos frecuentados por el  jet set, a la droga, a la exposición personal.

En un torneo de fútbol infantil, por categorías de edad, acaso  6 y 7, 8 y 9, en un equipo de la categoría de más corta edad un par de padres inscriben a sus hijos de 8 y 9 años respectivamente, en un equipo de la categoría de más pequeños. Puede ser abismal la diferencia en el dominio de la pelota entre esas edades. Tras la sospecha, la exigencia de presentar documentos, el retiro de los niños de los últimos partidos, en un lugar alegre de veraneo, alguna bronca superada de otros padres,  en una semana quizás el tema fue olvidado. Quedé perplejo y frustrado, pues los niños infractores provenían del mismo colegio al que había enviado a mis propios hijos ya universitarios, y el mismo que escribe. Es decir de círculos que por educación aparente, instrucción, cultura y moral, se esperaría una actitud diferente. La gravedad del hecho, quizás risueño y liviano para muchos, reside en que en la medida que no se purifique la sociedad, preservando al menos a los niños y jóvenes de la contaminación, más duro será el esfuerzo de recuperación social, económica, de reconstitución de valores.

La mencionada dualidad, matizada con muchos otros ingredientes socioculturales circundantes, mal denominados viveza criolla, ha contaminado cada aspecto de la actividad política, económica y social. El proceso de descontaminación, de purificación deberá darse en forma bastante simultánea, en cada institución, organización, grupo. No basta con una tranquilidad personal de conciencia (bien sabemos lo acomodaticia que es nuestra conciencia, al menos la mía); no se trata de una moralina o de una santulonada. Es la necesidad civil de transformar la nación en viable.